¿Alguien llama alguna vez a alguien de forma cariñosa “calabacín” en español? Porque la verdad, yo no lo he escuchado nunca.
El caso es que yo el otro día lo escuché en la película “Matilda”, prácticamente al final cuando la niña quiere cederse ella misma en adopción, que el padre le preguntaba a la madre: ¿Qué hacemos, calabacín? Me sonó raro, pero no caí en la cuenta hasta que esta mañana un colega de estudios de Barcelona se ha leído el blog y me ha dicho que en la serie Sexy Money la madre le decía al niño: Ay, mi pequeño calabacín.
Lo de “calabacín” viene literal de little pumpkin’. Yo entiendo que quede gracioso, y vale que por contexto entendamos lo que quiere decir, pero si hay algo que el traductor tiene que ser es precisamente correcto en su lengua materna. No creo que pase nada porque nos saltemos la literalidad y lo traduzcamos como “cariño”, “cariñito”, “amorcín” o algo así, que es al fin y al cabo lo que dicen en inglés, sólo que con una pequeña metáfora aplicada a una hortaliza.
En este caso no ocurriría nada, pero imaginaros lo que podría pasar en otro idioma si hacemos lo mismo. Os pongo un ejemplo con la lengua árabe.
El árabe es una lengua muy rica a la hora de metaforizar todo lo que se le ponga por delante. Para decir “amor mío”, tienen unas cuantas formas, y en uno de los apelativos emplean la palabra “riñón”. ¿Os imagináis estar viendo una película de origen árabe doblada al castellano y que de repente escuchéis: ¡Mi riñón! o ¡Riñón mío! Os quedaríais a cuadros, ¿verdad? En las expresiones de saludo مساء الخير, صباح الخير (masa’ al-jair y sabah al-jair, buenas tardes y buenos días respectivamente) y مساء النور, صباح النور (masa’ an-nur y sabah an-nur, las respuestas a la anterior) suelen cambiar mucho el segundo término por nombres de flores. ¿Os imagináis escuchar en lugar de buenos días o buenas tardes la expresión “buen azahar”? Se haría todo un poco raro entre riñones y flores si no traducimos como es debido a nuestra lengua materna.