• La autora

    Mi nombre es Eva María Martínez. Licenciada en TeI por la UMU en 2009, he trabajado como in-house durante más de 3 años y he dedicado otros cuantos al fansubbing. En la actualidad soy traductora autónoma y coordinadora de la Revista Traditori.

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Traductores, gente con arte

Ayer me ocurrió algo que me impactó. Fui a darme de alta en la bolsa de trabajo de una localidad más o menos cercana y al decirle a la chica que era traductora e intérprete me miró y me dijo: “¿Traductora? Si eso tiene que ser dificilísimo, ¿no? Yo es que lo veo como algo imposible.”
Pero eso no quedó ahí. Comenzó comentándome que admiraba a todos los que trabajábamos con idiomas, porque es algo muy difícil de aprender y de mantener y, por el contrario, muy fácil de olvidar, y que ella se sentía incapaz de algo así. Después de este precalentamiento, se metió de lleno en sus impresiones sobre nuestro trabajo, en la tarea de los traductores: me habló sobre la teoría de la imposibilidad de la traducción, sobre lo difícil que debía ser casar diferentes estructuras mentales y concepciones del mundo entre dos lenguas para que el resultado quedara natural en la lengua de destino sin ser traidor a la lengua de origen y del rompecabezas que debía suponer tener en cuenta mil factores para consegir un buen resultado. Hizo una referencia concreta a los traductores que lidian con poesía, género que supone un reto por sus características especiales como son las cuestiones métricas y sonoras, y también hizo mención a los traductores literarios en general y al gusto que le daba leer una novela que estuviera tan bien traducida que prácticamente olvidaba que lo que estaba leyendo no era un original.
Concluyó sus impresiones afirmando que hay que ser un artista para jugar así con los idiomas y hacer posible algo que, de entrada, no podría darse teóricamente porque no se puede trasladar una forma de concebir el mundo a otra lengua que no tiene la misma concepción del mismo mundo. Básicamente, me resumió en unos 20 minutos-media hora todas las teorías que me tuve que empollar a lo largo de cuatro años de lingüísitica en la carrera. Y esta mujer no era lingüista. Todo lo que decía lo había extraído de su sentido común. Eran reflexiones puramente personales. No pude evitar sentirme halagada como profesional al ver que de verdad admiraba nuestro trabajo, que se sentía impresionada con lo que hacemos porque lo considera completamente imposible de llevar a cabo.

Y me sentí halagada porque esta es la primera vez que escucho un comentario de esas características de boca de alguien que no forma parte de nuestro círculo. Porque estoy harta de ver cómo menosprecian e infravaloran nuestro trabajo, cómo nos ningunean, cómo una gran mayoría piensa que cualquiera que “sepa un idioma” (y lo entrecomillo porque cualquiera que haya hecho un curso de 3 meses ya se considera “sabedor” de ese idioma) puede dedicarse a traducir, porque eso no tiene ninguna dificultad. Porque estoy cansada de que nos vean como a los últimos monos y que seamos poco más que “los chicos de los cafés”, como a algo de lo que se puede prescindir. Porque estoy hasta las narices de los comentarios tipo “no, si tengo un familiar que sabe inglés, ya le digo a él que me lo traduzca”. O en casos más graves como interpretación en los juzgados: “¿Que no hay disponible un intérprete de chino? Da igual, que la acusada que chapurrea más español interprete para su compañera” (esto es verídico, ocurrió en los juzgados de Madrid).

Este artículo va dedicado a todos vosotros, compañeros traductores. Porque ya sabéis que al menos una persona ajena a nuestro mundo valora nuestro trabajo como nos merecemos. Esperemos que haya más gente como ella, aunque yo aún no la he descubierto. Felicidades a todos por vuestra labor y a seguir trabajando para hacer posible lo imposible.