• La autora

    Mi nombre es Eva María Martínez. Licenciada en TeI por la UMU en 2009, he trabajado como in-house durante más de 3 años y he dedicado otros cuantos al fansubbing. En la actualidad soy traductora autónoma y coordinadora de la Revista Traditori.

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La importancia de la lengua materna en la traducción

Leyendo el debate sobre el doblaje de películas en España en el blog de Bartman de Jesús Álvaro (gracias Verónica por compartirlo vía Twitter) me he encontrado con las siguientes declaraciones de Ángel Gabilondo, Ministro de Educación español, donde propone revisar el doblaje para mejorar el nivel de inglés en los españoles.

Todo esto me parece muy bien: está claro que en España no tenemos cultura de idiomas y que hay muy poca gente que sepa manejarse y desenvolverse bien en una segunda lengua extranjera. Eso ya lo sabemos todos. Pero hay una cosa que me hace gracia y no deja de resultarme irónico, y es el poco cuidado y el poco énfasis que ponemos en nuestro propio idioma. Antes de preocuparnos por cuántos idiomas extranjeros sabemos, deberíamos preocuparnos por el nivel que tenemos de nuestra propia lengua, que en España es bastante pésimo y está más que demostrado. No dejo de ver en las noticias comentarios sobre lo mal que escribimos los españoles y lo (casi) catastrófico de la situación en cuanto a ortografía se refiere por la influencia de la escritura chat y móvil, sobre todo en niños y jóvenes. La manía de cambiar la c por las k (no sé a cuento de qué, porque ocupan exactamente lo mismo), no saber distinguir entre «haber» y «a ver» (fallo con el que me sangran los ojos y que por desgracia lo veo continuamente), escribir verbos compuestos sin hache, cambiar b por v alegremente, etc. Y de las tildes mejor ni hablamos, claro, eso ya es misión imposible. Lo peor es que estos fallos no se limitan a los niños pequeños y a los jóvenes (que me parece muy grave), sino que conocidos míos que han acabado o se están sacando una carrera también cometen fallos de este tipo, lo cual me parece una aberración. Está claro que eso es un problema de base: en los colegios no se hace lo suficiente para obligar a los niños a memorizar, no son lo suficientemente duros como para obligarlos a tener una ortografía limpia y libre de errores. Y desde luego, no son capaces de educarlos para irse a un diccionario o a una gramática cuando tengan dudas sobre ortografía. Porque encima, levantar el culo de la silla para ir a buscar un libro que ni te importa ni te interesa, cuesta trabajo.

Hay otro pequeño detalle. Si a los niños no se les obliga a fijar su lengua materna al tiempo que aprenden un idioma extranjero, terminan mezclando la ortografía de ambas lenguas. Algunos ejemplos (tanto de inglés como de francés): garaje / garage, gobierno / goverment (govierno), deber /devoir (dever), haber/ avoir (haver). No sé si os parecerá una chorrada, pero de estas me he encontrado a montones. Y sólo se soluciona a base de memorizar, cosa que parece que cada vez se practica menos. Porque leer ayuda mucho, pero resulta que siempre no es efectivo para ayudar a mejorar las faltas de ortografía. Tengo un conocido cuya pasión por la lectura era bestial, y a pesar de engullir libros y libros, tenía unas faltas para morirse. Y las preguntas eran del tipo: ¿Huelva se escribe con b o con v?

Y ahora retomo mi primera idea. Me parece un fallo pensar que aprender una lengua extranjera es más importante que dominar la tuya propia, y esto nos lo tenemos que aplicar los traductores con especial ahínco. Tenemos que conocer muy a fondo los idiomas con los que trabajamos con todo lo que ello implica (cultura, costumbres, etc.), pero jamás de los jamases podemos descuidar el español; no olvidemos que, al fin y al cabo, trabajamos hacia nuestra lengua materna, y un buen resultado siempre va a depender del conocimiento que de ella tengamos. Una buena traducción tiene que sonar a español, no podemos dejar que haya interferencias. Si pensamos que las hay, lo mejor es pasársela a alguien que no tenga conocimiento de idiomas extranjeros (familiar, amigo, pareja) y pedirle que se lea el escrito y que te diga si ve algo que le suene «raro» para poder reformularlo.

Y si esto es importante en traducción, imaginaos en interpretación, donde tienes apenas unos segundos de reacción para reformular toda una manera de interpretar una realidad. El público te tiene que entender, y para poder entenderte, tienes que transmitir en español, y no en algo que se le parezca porque suena a español pero está construído en base a un montón de estructuras ajenas a nuestra manera de expresarnos.

No sé qué opináis vosotros, pero a mí desde luego me indigna leer declaraciones como las de Gabilondo. ¿Que hay que mejorar el nivel de aprendizaje de idiomas en España? Por supuesto. ¿Que se debe fomentar la salida de alumnos al extranjero en la ESO y en Bachiller? Lo veo buena idea, por qué no. Al fin y al cabo son experiencias y es una manera de abrir mundo a los jóvenes. ¿Que deciden imponer una prueba oral en selectividad para los idiomas extranjeros? Lo veo lógico, una lengua es algo vivo y la realidad es que se habla, aunque para eso habrá que obligar primero a los institutos y colegios a que las clases se den casi íntegras en el idioma, cosa que apenas se hace. Pero antes de preocuparnos por todo esto, vamos a preocuparnos por el nivel de lengua española, que al fin y al cabo, es nuestro vehículo primario de comunicación.  ¿Os imagináis presentaros a un proceso de selección de una empresa y ser capaces de pasar impecables una prueba de idioma, pero cometer varios fallos gordos durante la entrevista en español? (dequeísmos, laísmos, loísmos, usar palabras de manera incorrecta porque no sabéis su significado, pero «quedan bien»…). A mí me daría mucha vergüenza que me tiraran para atrás por no dominar mi idioma. ¿Y a vosotros?

¿Qué trabajos debemos aceptar?

Veo que el tema de qué trabajos aceptar o no está candente últimamente en los blogs. Entradas como la de Tarifas, tarifas, tarifas , de Pablo Muñoz, o la de Dime quién eres, y luego hablamos, de Verónica García, han puesto de relevo algunos puntos que debemos tener en mente antes de aceptar o no un encargo (os recomiendo que os deis una vuelta por sus blogs 😉 ).

A mí me gustaría ir algo más allá y tocar otros aspectos relacionados que tal vez estamos menos acostumbrados a tratar. Por marzo de este año 2010 organicé como presidenta de la Asociación Murciana de Estudiantes de Traducción e Interpretación unas jornadas de ética y práctica de la traducción y la interpretación en la que participaron mayormente profesores de la Licenciatura de Traducción de la Universidad de Murcia y en la que afortunadamente pudimos contar con la presencia del Dr. Salvador Peña Martín, quien imparte diferentes módulos sobre la materia en el Máster Oficial en Traducción, Mediación Intercultural e Interpretación de la UMA y en los Seminarios de Traducción Árabe-Español de la Escuela de Traductores de Toledo (que fue donde tuve el placer de conocerlo y recibir sus clases). Con estas jornadas quería plantear una actividad en la que una serie de profesionales (los profesores en este caso) expusieran y debatieran ante los participantes casos reales donde nuestra ética profesional o personal pudiera interferir en nuestro trabajo como traductores e intérpretes. Porque las tarifas no es lo único que debemos tener en cuenta a la hora de aceptar un trabajo.

En mi post Moralidad y traducción ya di algunas pinceladas sobre el tema. Ahora os doy otro ejemplo, esta vez más crudo: ayer estaba con la tele puesta cuando escuché que iban a dar un programa llamado 1000 formas de morir en Antena.Nova. Es una serie documental que narra muertes reales completamente absurdas o surrealistas. a pesar de los cutreefectos, son bastante explícitos a la hora de dar detalles en imágenes. El caso es que yo pensaba cambiarlo, pero mi hermana me dijo que lo dejara e, infeliz de mí, lo dejé puesto. La primera muerte era «normalilla»: un hombre que se caía por la ventana de un rascacielos. Te explicaban cómo había muerto por la caída (rotura de huesos y esas cosas). No salía nada fuera de una escena a lo CSI: el hombre en el suelo inerte con su sangre y sus historias. Pues vale, una menos.

Pero la siguiente sí que era más dura: contaba la muerte de un hombre que metió un pie en una trituradora (de estas que se usan para triturar madera, que tienen una especie de chimenea por la que sale todo lo triturado) y básicamente se convirtió en carne picada poco a poco, sintiendo cómo la máquina lo engullía y lo destrozaba. Además de las imágenes explícitas, este episodio de muerte contaba con un narrador (el compañero) que lo había vivido todo en directo y daba todo lujo de detalles sobre lo ocurrido. Pues bien, si con leer una simple descripción de los hechos ya os mareáis, imaginad que llega a vuestras manos un texto de esas características, y que además el cliente te manda el vídeo donde las imágenes dan todo lujo de detalles, por si algo del texto no te queda claro (o porque vas a hacer el trabajo de traducción y el de sincronización y necesitas el vídeo por narices).

Otro ejemplo: la serie de películas Saw, donde las escenas son crudísimas. Si sois fans estaréis encantados de aceptar el encargo. Pero, ¿y si sois de los que se marean haciéndose una simple analítica? ¿Aceptaríais el encargo sabiendo de antemano lo que os espera por delante? Vale que si nos enfrentamos sólo al texto a lo mejor no nos afecta tanto (me vienen a la mente las novelas de Stephen King que tanto he leído), pero, ¿y si vamos a encargarnos también de la sincronización, como he dicho antes? (y aunque no sea frecuente que se encarguen las dos cosas al traductor tampoco sería raro que nos lo pidieran). ¿Tendríais estómago para repasar una y otra vez escenas con las que sabemos que somos incompatibles para hacer un buen trabajo de sincronización?

Y ya no sólo en traducción. Pasemos al terreno de la interpretación. ¿Aceptaríais un encargo de un congreso de medicina donde de antemano os dicen que van a proyectar imágenes en detalle de una intervención quirúrgica cuando no sois capaces de ver ni la sangre en los dibujos animados?; Si os llamara la DGT para que interpretéis en un encuentro sobre accidentes de tráfico en motoristas donde piensan proyectar varios vídeos e imágenes con imágenes reales de accidentes y sus consecuencias, ¿diríais que sí si sabéis que sois personas sensibles, o que incluso habéis tenido alguna experiencia cercana por parte de familiares, amigos, etc.?

Y ya no sólo con la sangre. Esto puede aplicarse a temas igualmente candentes como política o religión.

A lo que me refiero es… estamos de acuerdo en que tenemos que ser profesionales, y que no nos podemos permitir el lujo de andar rechazando proyectos continuamente porque entren en conflicto con nuestras creencias, ideologías u otras opciones. Pero sí es cierto que debemos tener en cuenta nuestras limitaciones personales a la hora de aceptar ciertos trabajos, porque a veces hacernos los valientes con algo que sabemos de antemano que choca con nosotros y pensamos que podemos dominar puede resultar en quedar mal ante un cliente, cosa que tampoco nos conviene.

En mi caso en particular, soy muy sensible con todo lo que se haga sobre seres vivos conscientes, y por ello tengo muy claro que si me ponen delante un encargo como 1000 formas de morir, Saw o La casa de los 1000 cadáveres, probablemente no lo aceptaré habiendo imágenes de por medio. No por nada, es que simplemente sé que no voy a hacer un buen trabajo porque mi nivel de sufrimiento durante la visualización es altísimo y mi cerebro no admite esa información. Y yo, antes de quedar mal con el cliente por no poder terminar el encargo, prefiero explicarle los motivos razonados de mi rechazo y proceder inmediatamente a recomendarle a un compañero. De este modo, me hago un favor a mí, se lo hago a mi cliente por solucionarle el «plantón» que acabo de darle y al compañero al que recomiendo por pasarle trabajo (eso sí, estad seguros de que vuestro compañero recomendado no va a actuar igual que vosotros xDDDD). Y por supuesto, le haré saber que para cualquier otro encargo que no toque esa temática, estaré encantada de seguir a su disposición.

Traductores, gente con arte

Ayer me ocurrió algo que me impactó. Fui a darme de alta en la bolsa de trabajo de una localidad más o menos cercana y al decirle a la chica que era traductora e intérprete me miró y me dijo: «¿Traductora? Si eso tiene que ser dificilísimo, ¿no? Yo es que lo veo como algo imposible.»
Pero eso no quedó ahí. Comenzó comentándome que admiraba a todos los que trabajábamos con idiomas, porque es algo muy difícil de aprender y de mantener y, por el contrario, muy fácil de olvidar, y que ella se sentía incapaz de algo así. Después de este precalentamiento, se metió de lleno en sus impresiones sobre nuestro trabajo, en la tarea de los traductores: me habló sobre la teoría de la imposibilidad de la traducción, sobre lo difícil que debía ser casar diferentes estructuras mentales y concepciones del mundo entre dos lenguas para que el resultado quedara natural en la lengua de destino sin ser traidor a la lengua de origen y del rompecabezas que debía suponer tener en cuenta mil factores para consegir un buen resultado. Hizo una referencia concreta a los traductores que lidian con poesía, género que supone un reto por sus características especiales como son las cuestiones métricas y sonoras, y también hizo mención a los traductores literarios en general y al gusto que le daba leer una novela que estuviera tan bien traducida que prácticamente olvidaba que lo que estaba leyendo no era un original.
Concluyó sus impresiones afirmando que hay que ser un artista para jugar así con los idiomas y hacer posible algo que, de entrada, no podría darse teóricamente porque no se puede trasladar una forma de concebir el mundo a otra lengua que no tiene la misma concepción del mismo mundo. Básicamente, me resumió en unos 20 minutos-media hora todas las teorías que me tuve que empollar a lo largo de cuatro años de lingüísitica en la carrera. Y esta mujer no era lingüista. Todo lo que decía lo había extraído de su sentido común. Eran reflexiones puramente personales. No pude evitar sentirme halagada como profesional al ver que de verdad admiraba nuestro trabajo, que se sentía impresionada con lo que hacemos porque lo considera completamente imposible de llevar a cabo.

Y me sentí halagada porque esta es la primera vez que escucho un comentario de esas características de boca de alguien que no forma parte de nuestro círculo. Porque estoy harta de ver cómo menosprecian e infravaloran nuestro trabajo, cómo nos ningunean, cómo una gran mayoría piensa que cualquiera que «sepa un idioma» (y lo entrecomillo porque cualquiera que haya hecho un curso de 3 meses ya se considera «sabedor» de ese idioma) puede dedicarse a traducir, porque eso no tiene ninguna dificultad. Porque estoy cansada de que nos vean como a los últimos monos y que seamos poco más que «los chicos de los cafés», como a algo de lo que se puede prescindir. Porque estoy hasta las narices de los comentarios tipo «no, si tengo un familiar que sabe inglés, ya le digo a él que me lo traduzca». O en casos más graves como interpretación en los juzgados: «¿Que no hay disponible un intérprete de chino? Da igual, que la acusada que chapurrea más español interprete para su compañera» (esto es verídico, ocurrió en los juzgados de Madrid).

Este artículo va dedicado a todos vosotros, compañeros traductores. Porque ya sabéis que al menos una persona ajena a nuestro mundo valora nuestro trabajo como nos merecemos. Esperemos que haya más gente como ella, aunque yo aún no la he descubierto. Felicidades a todos por vuestra labor y a seguir trabajando para hacer posible lo imposible.